Caminos destruidos, promesas vacías y la nula intención de las autoridades por revertir un abandono que castiga a los vecinos y asfixia la economía local.
Transitar hoy por las vías que conectan a Guanacache, Cañada, Retamito, Divisadero y Cienaguita ha dejado de ser una tarea rutinaria para convertirse en un deporte de riesgo. Los caminos, si es que aún se les puede llamar así, son el reflejo perfecto de una política basada en la indiferencia: baches que parecen cráteres, tramos intransitables, "serruchos" interminables y desniveles que destrozan cualquier vehículo que intente sortearlos.
Lo más indignante de esta situación no es solo el deterioro provocado por el tiempo y el uso, sino la absoluta falta de intención de reparar el daño. No hay maquinarias en la zona, no hay proyectos de pavimentación a la vista ni cuadrillas trabajando. Lo que abunda, en cambio, es el silencio de quienes tienen la obligación de mantener la infraestructura vial.
Los reclamos de los vecinos se apilan y se pierden en oficinas, sin que jamás se traduzcan en obras reales. Resulta evidente que para quienes toman las decisiones, estas localidades simplemente no figuran en el mapa de prioridades.
El estado ruinoso de estos trayectos no es una simple incomodidad logística; es una condena al atraso que impacta de manera directa en el día a día de la gente.
Golpe a la producción: El transporte de los productos locales se encarece drásticamente o se vuelve directamente imposible, asfixiando a los trabajadores de la zona.
Peligro constante: Circular por estos caminos aumenta exponencialmente el riesgo de accidentes viales.
Aislamiento en emergencias: Ante una urgencia médica, el tiempo vital que se pierde intentando esquivar pozos y tramos rotos pone en riesgo directo la vida y la salud de los habitantes.
Mientras las autoridades miran hacia otro lado, los vecinos de Guanacache, Cañada, Retamito, Divisadero y Cienaguita siguen tragando el polvo del abandono. Ya no hay margen para excusas burocráticas ni para más promesas vacías. Se necesita maquinaria en el terreno, soluciones concretas y, por sobre todo, voluntad política. Hasta que eso ocurra, estos senderos seguirán siendo un monumento intransitable a la desidia gubernamental.