En Sarmiento hay costumbres que no necesitan grandes escenarios para mantenerse de pie. Les alcanza con una noche fría, un grupo de vecinos, una oración compartida, una mesa con comida casera y el fuego encendido como símbolo de purificación, encuentro y memoria.
Durante los últimos días, distintas comunidades del departamento volvieron a reunirse alrededor de las tradicionales fogatas de San Juan. En Cochagual Sur, muy cerca de Punta del Agua, la celebración en honor a San Juan Bautista reunió misa, bautismo, procesión y la esperada fogata. Fue una noche marcada por la fe, pero también por esas escenas que explican mejor que cualquier discurso lo que significa pertenecer a un lugar: viejos amigos que se reencuentran, familiares que vuelven a verse, compañeros de escuela que se abrazan, risas, danzas y el tradicional locro como parte central de la mesa.
También en el camping de Villa Media Agua, la familia Recio González organizó una fogata cargada de sentido comunitario. Allí, el fuego volvió a aparecer como ese elemento antiguo que invita a dejar atrás lo malo, limpiar lo viejo y abrir paso a una etapa nueva. Una ceremonia sencilla, pero profunda, donde cada llama parecía recordar que las tradiciones siguen vivas cuando hay familias y vecinos dispuestos a sostenerlas.
En tiempos donde muchas celebraciones parecen pasar rápido por una pantalla, estas fogatas muestran otra cosa: que en Sarmiento todavía hay lugar para el encuentro real, para la charla cara a cara, para la fe transmitida de generación en generación y para los ritos que mezclan lo religioso, lo familiar y lo popular.
La tradición de las fogatas de San Juan tiene una raíz muy fuerte en la provincia, pero en Sarmiento guarda un recuerdo especial: el de Don Luis Aparicio Paredes, conocido por la histórica caminata sobre brasas en Media Agua. Durante años, su nombre quedó asociado a una de las expresiones más impactantes de la devoción popular sanjuanina. Para muchos, aquellas noches no eran solo un espectáculo de fe, sino una muestra de cómo el pueblo vivía sus creencias con intensidad, respeto y una profunda conexión con San Juan Bautista.
Ese legado, con el paso del tiempo, fue cambiando de forma. Tal vez hoy no se repitan aquellas caminatas sobre las brasas como antes, pero el espíritu sigue encendido. Está en cada familia que junta leña, en cada vecino que se acerca a compartir, en cada plato de locro servido al lado del fuego, en cada procesión, en cada oración y en cada niño que mira las llamas sin saber todavía que está siendo parte de una historia mucho más grande.
Las fogatas en Cochagual Sur y Villa Media Agua demuestran que Sarmiento no perdió su pulso tradicional. Al contrario: lo mantiene encendido en los distritos, en las familias y en las comunidades que todavía entienden que el fuego no solo calienta. También reúne, purifica, recuerda y renueva.
Porque mientras haya alguien dispuesto a encender una fogata en honor a San Juan, mientras una familia abra el encuentro y mientras los vecinos sigan acercándose para compartir la noche, la tradición no será una postal del pasado. Será presente.
Y en Sarmiento, ese fuego todavía arde.




