Tiene 24
años, vive en Media Agua y usa silla de ruedas. Pero si hay algo que define a
Celeste Matus no es su diagnóstico sino su convicción de que la discapacidad no
pone límites a las metas personales. Es cuestión de adaptación.
Celeste
padece Ataxia de Friedreich, una enfermedad hereditaria que afecta el sistema
nervioso y compromete progresivamente el movimiento y el equilibrio. Los
primeros síntomas llegaron cuando tenía alrededor de 15 años, en plena
adolescencia. Desde entonces, su vida cambió en muchos aspectos, pero su
determinación no.
Hoy cursa
la Licenciatura en Psicopedagogía, ya tiene más de la mitad de las materias
aprobadas y sueña con trabajar junto a personas que, como ella, viven con
discapacidades. Quiere ser, en sus propias palabras, un eslabón de cambio real.
El primer
gran desafío llegó en el secundario. Cuando Celeste comenzó a perder el
equilibrio, la institución donde estudiaba, el colegio San Antonio de Padua,
tomó una decisión que ella recuerda con gratitud: reorganizó los cursos para
que no tuviera que subir escaleras, consiguió una silla de ruedas, construyó
una rampa y le brindó acompañamiento psicológico. Una directora que entendió
que incluir no es solo una palabra.
Los
primeros años de universidad llegaron en plena pandemia, con cursado virtual.
La situación económica del momento fue dura, pero Celeste no vivió ese período
como un obstáculo vinculado a su discapacidad. Se había criado con la idea
clara de que las metas no tienen límites.
El
verdadero desafío llegó con la presencialidad. Los colectivos que conectan
Sarmiento con la Capital no están adaptados para sillas de ruedas. La solución
la encontró en casa: su papá la lleva a la universidad todos los días, la
espera y la trae de regreso. Sin falta.
Su mamá,
además de trabajar, cubre las necesidades cotidianas que implica su condición.
Y su hermana, que estudia Abogacía, es otro pilar fundamental. Celeste lo dice
con claridad: ver a su familia apostar todo por ella le enseñó lo que significa
el compromiso de verdad.
Celeste
no llegó a la Psicopedagogía por casualidad. Durante el secundario, las pruebas
vocacionales siempre apuntaban hacia el área psicológica. Buscando opciones en
internet, encontró la carrera, fue al cursillo y supo que era lo suyo. Hoy, ella
puede evitar conectar lo que estudia con su propia historia. Ve con orgullo
cómo fue resolviendo ese proceso, paso a paso y prácticamente sola. A su vez, en la universidad también encontró
herramientas para adaptarse, aunque no faltaron barreras, no solo en lo
académico sino también en lo social. Aun así, sigue adelante.
Celeste
no estudia solo para recibirse. Estudia porque quiere generar cambios reales
para quienes atraviesen situaciones como la suya. Sabe de primera mano lo que
significa enfrentarse a un sistema que no siempre está preparado para la
diversidad, y quiere ser parte de la solución.