Por Karen Cortéz
Hay
historias que empiezan desde el dolor propio y terminan siendo un abrazo para
otros. La de Andrea Paz es una de esas. Esta vecina de Cochagual, de 33 años,
conoce la necesidad desde adentro, desde chica, desde siempre. La atravesó
durante gran parte de su vida y volvió a enfrentarla cuando le tocó criar sola
a sus tres hijos. Pero en lugar de quedarse con esa experiencia guardada, decidió
convertirla en acción.
Hace
pocas semanas, con lo poco que tenía, abrió el fondo de su casa para darles la
merienda a los chicos del barrio. Cocinaba con leña para no gastar gas, puso
las mesas y las sillas que tenía y usó su propio dinero durante los primeros
días para comprar los alimentos. No sabía muy bien cuántos chicos iban a
llegar. La respuesta la sorprendió ya que casi cuarenta nenes aparecieron con
su taza y su bolsita, esperando algo para comer o tomar. Para muchos de ellos,
esa merienda no era un complemento sino uno de los pocos alimentos reales de la
jornada.
La
situación que vive Andrea no es un caso aislado. En Cochagual, como en otras
localidades del departamento Sarmiento, una parte importante de las familias
depende del trabajo rural temporario. Mientras dura la cosecha, hay ingresos.
Cuando termina, hay meses enteros en los que el trabajo simplemente desaparece
y con él la posibilidad de cubrir las necesidades básicas del día a día. Andrea
lo sabe mejor que nadie porque lo vivió y lo sigue viviendo. Actualmente no
tiene empleo y no sabe cuándo volverá a conseguirlo. Aun así, eligió abrir su
casa.
Durante
las primeras semanas logró sostener la merienda combinando lo que ella misma
aportaba con algunas donaciones que llegaron a través de publicaciones en redes
sociales. Cuando se acabó la leche, preparó yerbeado. Cuando faltó el pan,
apareció una semita o una sopaipilla. Fue estirando los recursos hasta donde
pudo. Pero llegó un punto en que ya no había nada más para estirar.
Hoy el
merendero está parado por falta de insumos. Para volver a funcionar no necesita
grandes recursos: leche, azúcar, harina, aceite y algo con qué cocinar alcanzan
para que cuarenta chicos de Cochagual tengan su merienda cada tarde. Nada
extraordinario. Solo lo suficiente para que ningún nene se vaya a dormir con el
estómago vacío.
No es la
primera vez que Andrea intenta esto. El año pasado impulsó una experiencia
similar junto a otra vecina, pero también tuvieron que suspenderla cuando los
recursos se agotaron. Podría haber tomado eso como una señal para no volver a
intentarlo. Sin embargo, cuando vio que la necesidad de los chicos seguía ahí,
decidió empezar de nuevo.
Su sueño
es convertir ese espacio en un comedor permanente para la tarde, un lugar
estable donde los chicos del barrio puedan contar con una comida caliente todos
los días. Por ahora, el objetivo es más inmediato: conseguir lo necesario para
reabrir esta semana.
Quienes
quieran colaborar pueden comunicarse con Andrea directamente al 2646 29-8320.
